El columpio del patio de atrás

Publicado el : 05/07/2017
Autor: UNIS

Mi abuelo salió de Nápoles, a los 19 años de edad, con muchas ilusiones y en busca de nuevas oportunidades. En 1959, llegó a Guatemala en donde construyó su vida y formó su familia.

Crecí los primeros años de mi vida a su lado y tuve la dicha de conocerlo y compartir con él. Mi abuelo marco mi vida. Siempre estará presente para mí en sus canciones, en sus frases, en su comida y en sus historias” Valeria, alumna de 1er año.

Según me cuenta la abuela entre risas, el abuelo sufrió una lesión armándolo debido a una pequeña caída provocada cuando bajaba del árbol de encino. Llevaban un año de casados y mi tía Stella venía en camino. El abuelo se emocionó tanto con la noticia que decidió armar el columpio, olvidando que no tenía ni la más mínima idea de cómo armarlo.

Recuerdo que en las calurosas tardes de verano el abuelo salía conmigo al patio de atrás y me contaba muchas de sus historias de antaño, mientras yo me balanceaba en el columpio. Recuerdo lo mucho que me reí el día que me contó cómo él y un amigo vendieron todos los libros de la escuela para poder ir a la feria. Y como consecuencia tuvieron que repetir el año porque sus papás se negaron a comprarles los libros de nuevo. También me causó mucha gracia cuando me contó que el director de la escuela había citado a su papá para quejarse de sus travesuras y él, por temor a un regaño, le pidió favor a un policía que se hiciera pasar por un familiar. Al final salió doblemente perjudicado porque el policía, después de escuchar la queja del director, le pegó una bofetada tan fuerte que casi le rompe la mandíbula.

Al abuelo le encantaban los columpios. Me contaba que de pequeño pasaba horas jugando en el columpio tratando de imaginar qué había del otro lado del mar, en América. Él decía que los columpios eran mágicos, si cerrabas los ojos al llegar a lo más alto, podías estar donde desearas. No puedo asegurar que todos los columpios sean mágicos, pero al menos el del patio de atrás estoy segura que realmente lo era. Cada vez que me columpiaba me trasladaba a cada una de las historias que el abuelo me contaba. No sé si era la magia del columpio o la forma en la que el abuelo me contaba las historias, pero yo realmente era capaz de sentir el aroma de la salsa de tomate con ese fuerte dejo a albahaca y orégano que preparaba la nonna o de escuchar el tronar de las olas del mar en el puerto de Nápoles.

Mientras me contaba sus historias su rostro resplandecía. Se miraba más joven, más fuerte con una chispa en los ojos que irradiaba vida. Cuando terminaba de contar sus recuerdos y se percataba en donde se encontraba, yo notaba que su rostro se ensombrecía. Se miraba débil, encorvado y con la mirada apagada. Mi corazón se sobrecogía; yo deseaba saber qué le ocurría y preguntaba: “¿Qué ocurre abuelo?”. Pero él solo contestaba: “Solo quisiera saber si Nápoles se ha olvidado de mí. Quisiera contemplar mi tierra una última vez antes de partir.” Yo seguía sin comprender qué ocurría.

Los días y los años pasaron sin detenerse, hasta que en una nublada tarde de septiembre encontré a mi abuelo en el columpio cabizbajo y pensativo. Me acerqué para saludarlo y al verme se sobresaltó. Perplejo me dijo: “Lina ¿dónde estabas?” Yo no comprendía cómo el abuelo podía olvidarse de mi nombre. Sabía por sus historias que su hermana menor se llamaba Lina, pero ¿cómo podía confundirme con ella?

Con el tiempo sus confusiones se volvieron más frecuentes y mayores. Comenzó a llamar a mi abuela mamma, empezó a comportarse como un niño menor de 10 años y a guardar piedritas y cincos en sus bolsillos. Yo, dependiendo de la ocasión, me convertía en su hermana, prima o en una simple desconocida. Continuábamos pasando las tardes columpiándonos en el patio de atrás, con la diferencia que ahora mi abuelo ya no me contaba historias. Olvidó cómo hablar el castellano y se volvió muy difícil entendernos en su idioma. Pero en sus ojos siempre estaba esa chispa llena de vida, fue entonces que comprendí que las historias del abuelo ya no eran solo sus recuerdos sino su realidad. Ahora no solo estaban en su mente sino también en su corazón.

Un día, con gran curiosidad le pregunté a la abuela por qué le había ocurrido esto al abuelo y ella me contestó: “El abuelo decidió volver a su tierra, a Nápoles”.

 

 

En recuerdo de mi abuelo,

Antonio Russo Musella

No puedo saber con certeza si Nápoles olvidó al abuelo, pero sí puedo estar segura que yo nunca me olvidaré de él.

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