“La UNIS en los suburbios de la zona 6”

Publicado el : 07/05/2019

Hace algunos meses, cuando todavía era estudiante, estuve turisteando en zona 6. Un turismo no recreativo, más bien. Mi objetivo era conocer el centro educativo de uno de mis pacientes y así ampliar la información del caso clínico. Después de algunos intentos fallidos, el colegio finalmente accedió a recibirme. Esta visita era por tanto un “ahora o nunca”.

Aunque estoy acostumbrada a moverme en los distintos medios de transporte que ofrece nuestro país, fue toda una estrategia diseñar un plan para llegar a esta área de alta peligrosidad dentro de una zona capitalina. ¿Si me voy en Uber, será que encontraré uno para el regreso? ¿Me voy en transmetro a la parada José Milla? ¿O me animo a tomar la 203?

Debido a lo inhóspito del lugar, decidí recurrir al talento que todo buen taxista chapín tiene para ubicarse donde sea y, por supuesto, sin la ayuda de Waze. Fue un viaje tranquilo en el que pagué menos de lo esperado y llegué antes de lo estipulado. Mi destino era un barrio marginal con una casa destartalada que decía “Colegio” con una pintura que se caía de vieja. Pero a pesar de este paisaje sombrío tuve una tranquilidad momentánea.

El taxi se fue, llevándose mi alivio consigo. Me quedé de pie en la banqueta, sola con mi bata de la UNIS. No se oía ningún ruido en el colegio. Me dirigí hacia un aparato roto que en tiempos pasados debió haber sido un timbre. Presioné el botón con optimismo: “A lo mejor aún funciona”. Nada. Toqué con firmeza el portón, una puerta peatonal de metal. Nada. Otra y otra vez, sin resultados. La angustia me invadió: “¿Y si nadie me abre? ¿Quién por mí? Tengo la compu de mi familia en la mochila”.

Mi toque se convirtió en aporreo. Por fin se abrió la puerta. Un anciano de aspecto tétrico, con jeans y playera, me espetó: “¿Qué quiere?”. Luego de explicarle que era la psicopedagoga de uno de los alumnos, me dejó entrar con cierto recelo. Cuando lo hice, me quedé impactada por el fuerte olor a orines que impregnaba el lugar. Solo llevaba un par de minutos esperando en una especie de banca y ya me sentía mareada ¿Cómo podían entonces estar unos niños ahí todo el día? ¿Cómo podían concentrarse en una atmósfera tan viciada?

El colegio era pobre a más no poder, con los escritorios sucios y rotos y sin apenas entrada de luz solar. En las dos pequeñas plantas que conforman sus instalaciones estudian 145 alumnos. ¡145 alumnos! Si esta es una realidad difícil para cualquier niño, ¿cómo será para un niño con necesidades educativas especiales? Si a esto se le suman maestros desmotivados, que no tienen las competencias y los recursos para una enseñanza adecuada, el panorama es bastante desalentador.

No entraré en detalles sobre mi paciente, sino que me limitaré a decir que me fui de un barrio de zona 6 muy conmovida y con la convicción que no tengo derecho a quejarme de nada. También me quedé con la siguiente inquietud: “Al que mucho se le dio, mucho se le pedirá”. Pienso que para ser parte del cambio que Guatemala tanto necesita, no hace falta acabar con la corrupción o la pobreza; basta con que, como psicopedagogos, hagamos nuestro trabajo bien hecho y dejemos el corazón en él.

Adaptando a nuestra profesión un pensamiento que no es mío, finalizo diciendo lo siguiente: “Cada vez que planifiquemos intervenciones, preparemos material didáctico y apliquemos pruebas, hagámoslo con amor. Enseñemos con amor, no sabemos de qué tormentas vienen nuestros pacientes”.

A veces el único lugar seguro que algunos tienen es la clínica y nuestro ejemplo.

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