“Mamá, papá… quiero ser libre”

Publicado el : 14/05/2019

“¡Quiero ser libre!”, “¿Por qué no me dejas hacer lo que yo quiero?” o el famoso “Ya estoy lo suficientemente grande para elegir por mí mismo” son frases que escuchamos de parte de algunos hijos a sus padres en toda familia. Llega una etapa en la que los hijos quieren tomar la rienda de su propia vida y desean ser más autónomos e independientes.

Es por eso que, en este Día Internacional de la Familia, quiero hablar sobre “Educar en libertad” y dejar quizá ciertos consejos a los padres para que sus hijos tomen las decisiones correctas y sean capaces de crecer en libertad, asumiendo sus responsabilidades. Sé que de la teoría a la práctica hay mucho trabajo por hacer y que aún no tengo la experiencia de ser madre. Sin embargo, considero relevante compartir la experiencia de una hija y de cómo mis padres han logrado que, de alguna forma, mis hermanos y yo seamos capaces de escoger adecuadamente nuestro camino para aportar cada vez más a la sociedad en la que vivimos (o al menos eso intentamos).

Es necesario destacar que la finalidad de los padres es educar a sus hijos de tal manera que desarrollen de forma efectiva su libertad. Es decir, que lleven las riendas de su propia vida, tomen sus propias decisiones y busquen la verdad en todo momento. La libertad, definida como la “autodeterminación al bien”, sugiere que la persona debe ser capaz de elegir el bien por sí mismo, y son los padres quienes tienen la principal tarea de que sus hijos sean capaces de hacerlo. Definirlo es sencillo pero la pregunta de todo padre es: ¿cómo?

En primer lugar, es necesario educar en responsabilidad. Para que los hijos tomen sus propias decisiones deben responder a las consecuencias de sus actos. Se empieza con cosas pequeñas, como el que haya olvidado la tarea en casa y dejar que en el colegio le pongan una mala puntuación, porque es su responsabilidad recordar la tarea. La primera vez que me pasó, me sentí tan avergonzada que comencé a revisar que todo el material estuviera en su lugar para evitar que volviera a ocurrir. Con cosas así, los hijos aprendemos a asumir consecuencias.

Las decisiones que tomamos se hacen más difíciles conforme crecemos y, aunque nuestros padres nos guían a tomar las correctas, también deben dejarnos elegir y asumir las responsabilidades. Por ejemplo, cuando mi hermano, Pedro, tomó la decisión de estudiar Medicina, como familia no estábamos seguros de que fuera lo suyo (no porque no fuera capaz de estudiarlo sino porque veíamos que tenía más talento para otro tipo de carrera). Sin embargo, mis padres le permitieron intentarlo. Él tuvo que asumir su responsabilidad de estudiar duro, día y noche; no le iba mal, ganaba sus exámenes y hacía bien sus trabajos, hacía lo que debía en su momento, aunque eso implicara un esfuerzo extra. Luego, decidió cambiar de carrera y ahora está estudiando Arquitectura. Mis padres no lo forzaron a cambiar de opinión y lo apoyaron en todo momento. Permitieron que su hijo se diera cuenta de los obstáculos y decidiera si valían la pena.

Otro ejemplo es el de mi hermano Andrés, que en su segundo año de Ingeniería decidió cambiar de carrera y estudiar Filosofía. Mi padre, que quería un hijo ingeniero, confió en él y le permitió hacer todas las averiguaciones para entrar a esta carrera en una universidad en México. Así lo hizo y está próximo a irse. Creo que ningún padre quiere que sus hijos se vayan de su lado tan pronto. Pero ellos confían en que le irá bien y que le han enseñado todo lo que necesita para ser más independiente.

Además de la responsabilidad, educar en libertad implica enseñar a los hijos que hay límites, y para esto es recomendable colocar normas claras en casa. Deben hacerles entender que estos límites se hacen por su bien, aunque no lo comprendan en su momento. Las normas deben ser claras, concretas y deben presentarse a los hijos desde el principio. Por ejemplo, el no tomar cosas sin permiso de un adulto, no decir mentiras, el respeto a los mayores, ser cumplidos con las tareas, comerse toda la comida de la lonchera, etc. Parece que son cosas simples cuando somos niños, pero al crecer hacemos de estas acciones algo nuestro y de esa manera nos comportamos de forma respetuosa con los demás, nos convertimos en personas honestas, trabajamos duro por lo que queremos, somos responsables en el trabajo o el estudio, entre otras cosas. Si mis padres no hubieran puesto normas claras en su momento, ahora nos costaría más hacer las cosas bien.

Lo que los padres buscan con las normas es que sus hijos crezcan en virtud y sean cada vez mejores. Mii mamá una vez me dijo: “Lo que sueño y quiero para todos nosotros es que nos encontremos en el cielo al final de nuestras vidas”. Así que hacen todo lo posible para que aprendamos a discernir entre lo que está bien y lo que está mal. Saber realmente qué es lo correcto y saber que queremos hacerlo. Quizá en un principio nos sentíamos obligados a hacer ciertas cosas, pero al ver que el resultado es el bien de los demás y con eso nuestro propio bien, comenzamos a transformarlo en gusto en lugar de obligación.

Por último, los padres deben ser un ejemplo coherente para sus hijos. Mi papá tiene una obsesión por la puntualidad para llegar a eventos, para entregar un trabajo, etc. Además, él es una persona que resuelve sus dificultades por medio de una comunicación asertiva: es muy tranquilo para hablar con los demás, intenta buscar la solución más que el problema, analiza despacio las situaciones. También es muy meticuloso y busca la perfección en sus trabajos. Mi mamá es amante de la lectura y siempre quiere aprender leyendo e inscribiéndose a mil cursos. Ella también es muy servicial, busca el bien de los demás antes que el suyo y es muy buena consejera, pues acierta en lo que dice. No son perfectos, pero lo intentan; y nosotros como hijos observamos ese ejemplo e intentamos imitarlo. Así como observamos lo bueno, también observamos lo que está mal. Por eso es importante que los padres estén dispuestos a enmendar sus errores y aprender a ser cada vez mejores. Nosotros nos alimentamos de eso día a día y esperamos transmitirlo en nuestras propias familias cuando llegue el momento.

Padres, no tengan miedo de dejar que sus hijos tomen sus propias decisiones. Ofrezcan las bases para que ellos lo hagan de la mejor manera. Mi familia, aunque no es perfecta, es un ejemplo de cómo con una buena educación en libertad los hijos podemos llegar a hacer grandes cosas por nosotros mismos: ayudar a otros, brindar un buen consejo, reconocer nuestros errores, ser piadosos, practicar la responsabilidad, etc. Los retos no dejarán de venir, pero la familia siempre estará allí para afrontarlos.

Los invito a todos a agradecer por la familia que tienen. Cada una es muy distinta a la otra, pero en todas es posible practicar el amor si todos sus miembros desean el bien del otro. Hoy animo a los padres a dar las bases adecuadas para que los hijos crezcan en madurez y virtud, y animo a los hijos a apreciar todo el esfuerzo que sus padres hacen para que lleguen a ser mejores.

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