El “Tiempo” desde una perspectiva teológica

Publicado el : 06/01/2021
Autor: Rene Grimaldi

¿Qué es el tiempo para una piedra? ¿Qué es el tiempo para los animales? Hace más de 25 siglos, el gran Sócrates nos enseñó a relacionar el tiempo humano con el “fin” de la propia vida: “me dedico a pensar en cómo me presentaré ante el juez con el alma lo más sana posible… Y exhorto a todos… y concretamente a ti… a buscar esa vida y a poner la atención en ese juicio que, según creo, vale por todos los de la tierra juntos” (Platón, “Diálogo “Gorgias” o “De la Retórica”).

Esta frase de Sócrates, recogida por su discípulo Platón, puede servirnos para preguntarnos “qué es el tiempo para los seres humanos”, y en concreto para el lector de estas líneas. Es verdad que, después el Sócrates, el genio de Aristóteles definió el tiempo como “la medida del cambio”, señalando que el tiempo sólo existe para nosotros (Cfr. “Física”, Libro IV); pero en pleno siglo XXI, donde muchos experimentamos quizá grandes carencias de tiempo, es importante precisar o delinear qué “cambio” nos importa más.

En este sentido, volvamos a Sócrates, quien se imagina a un “juez” que tiene que examinar —después de la muerte— el alma de un rey, en la que no ve nada sano en ella, pues está llena de “cicatrices causadas por el perjurio y la injusticia y todo es tortuoso, lleno de mentira y soberbia, y nada es recto, porque ha crecido sin verdad, …cargada de excesos e infamia. Ante semejante espectáculo, la manda enseguida a la cárcel, donde padecerá castigos merecidos… Pero a veces ve ante sí un alma diferente, una que ha transcurrido una vida piadosa y sincera, se complace y la manda a la isla de los bienaventurados» (Platón, Ibid.).

Ante estas afirmaciones de Sócrates, podemos afirmar que el tiempo es un “don” del cual tendremos que “rendir cuentas” al final de nuestra vida; un “don” que se nos ha dado para tender hacia el bien (lo que nos perfecciona) y para ejercitarlo hacia otros, pues las personas que hacen “el bien” son dignas de admiración y ejemplo para los demás.

¿Y para los cristianos, para la Teología, qué es el tiempo? Ya que la Teología es una reflexión o profundización racional sobre la Luz de la Fe en Jesucristo, las palabras de Sócrates que hemos leído pueden servir de base o ser elevadas a un nivel superior, a un nivel que permita superar lo simplemente captado por nuestros sentidos, y evitar caer en reduccionismos materialistas y bélicos, en “el drama del humanismo ateo” (Henri de Lubac) que desorientó a muchos en las Guerras Mundiales (o “Frías”) que azotaron el siglo XX.

Llegados a este punto, nos puede servir leer unas palabras del “Catecismo de la Iglesia Católica”, aprobado por S. Juan Pablo II en 1992: “Nuestras vidas están medidas por el tiempo, en el curso del cual cambiamos, envejecemos y como en todos los seres vivos de la tierra, al final aparece la muerte como terminación normal de la vida. Este aspecto de la muerte da urgencia a nuestras vidas: el recuerdo de nuestra mortalidad sirve también para hacernos pensar que no contamos más que con un tiempo limitado para llevar a término nuestra vida” (n. 1007).

La Fe cristiana, en la que se basa dicho “Catecismo”, es la Fe en el único Dios que entró en el “tiempo humano”, tal que lo partió en dos, y por esto —para gran parte de la familia humana— los años se enumeran a partir del gran acontecimiento que ocurrió hace casi 2 mil años: la Muerte y Resurrección de Jesús de Nazareth.

Por esto, para los cristianos, el día Domingo (del latín “Dominus”, “Señor”), en el que se recuerda y hace presente esa Resurrección de Jesucristo, proporciona el auténtico sentido al tiempo, y les permite encarar con alegría y esperanza cada nueva semana. Es decir, en la Luz que proporciona Jesucristo “no hay equivalencia con los ciclos cósmicos, según los cuales la religión natural y la cultura humana tienden a marcar el tiempo, induciendo tal vez al mito del eterno retorno. ¡El Domingo cristiano es otra cosa! Brotando de la Resurrección, atraviesa los tiempos del hombre, los meses, los años, los siglos como una flecha recta que los penetra orientándolos hacia la segunda venida de Cristo (S. Juan Pablo II, Carta “Dies Domini”, n. 75).

Sí, el tiempo humano está constantemente atravesado por esa “flecha” que llena de esperanza a quienes la perciben, que es como una gran “explosión atómica” de energía espiritual, una especie de “fisión nuclear acaecida en lo más íntimo del ser; la victoria del amor sobre el odio, la victoria del amor sobre la muerte. Solamente esta íntima explosión del bien que vence al mal puede suscitar después la cadena de transformaciones que poco a poco cambiarán el mundo” (Benedicto XVI, “Homilía en la Misa de Clausura de la Jornada Mundial de la Juventud”, Colonia 2005).

Así pues, a modo de conclusión, puede decirse que “verdaderamente es corto nuestro tiempo para amar, para dar, para desagraviar. No es justo, por tanto, que lo malgastemos, ni que tiremos ese tesoro irresponsablemente por la ventana: no podemos desbaratar esta etapa del mundo que Dios confía a cada uno” (San Josemaría Escrivá, “Amigos de Dios”, n. 39).

Sin embargo, alguien podría objetar: ¿pero acaso “mi vida” no es “mía”? ¿No puedo yo hacer lo que quiera con mis cualidades? Una respuesta es que “sí”, que en cuanto “posibilidad” uno puede elegir usar egoístamente su “tiempo”, pero la experiencia demuestra que tal actitud puede llevar a la tristeza, a la amargura de quedar atrapado en el propio yo, usando a las demás “personas” y olvidando que —puesto que nadie se dio “el ser” o “la existencia” a sí mismo— para “algo” existimos en este Mundo.

A mí siempre me ha llamado la atención el diálogo entre un Rey que, al final de sus días, tiene que devolver sus “talentos o cualidades” al “Mundo”, y reclama diciendo: “¿Tú, no me diste adornos tan amados? ¿Cómo me quitas ahora lo que ya me diste?” —Y el Mundo responde: “Porque dados no fueron, no; prestados sí, para el tiempo que el papel hiciste. Déjame para otros los Estados, la majestad y la pompa que tuviste” (Calderón de la Barca, “El gran teatro del Mundo”).

Si para los antiguos filósofos el “tiempo” era la medida del cambio, los cristianos sabemos que tenemos “un tiempo” para generar ese “cambio” que la Humanidad anhela, para llevar “la alegría del Evangelio” (Papa Francisco) a los hombres y mujeres de hoy.

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