Tiempos de luto en una familia de tres

Publicado el : 02/04/2020

La cuarentena de por sí es solitaria, pero ese sentimiento es exponencial cuando se está de luto. En el momento que el presidente anuncia la suspensión de clases, los llantos en el cementerio anuncian el final del entierro de la abuela.

Mientras las personas esperan su turno para dar el pésame, la noticia de la cancelación de clases empieza a difundirse.

Después de dar palabras de consuelo, algunas personas comienzan a agregar: “ahora, como vamos a estar más desocupados los vamos a invitar a comer a la casa para que se distraigan”. Poco se sabía de qué esta restricción llegaría poco después hasta el toque de queda de 12 horas diarias.

El día siguiente fue el cumpleaños de la hija. La celebración se tuvo que posponer por obvias razones. Aun así, intentan mostrar una cara alegre y le cantan Las Mañanitas. Se prepara una comida especial y compran el pastel más pequeño que encuentran, al fin y al cabo, solo necesitan tres pedazos, uno para cada quién.

La despensa está vacía, no hay papel de baño y, por lo que se ve en las noticias, tampoco encontrarán en las tiendas. Por primera vez en mucho tiempo el papá saldrá a “hacer el súper”. Su esposa regresó de España en el último vuelo que entró a Guatemala sin cuarentena obligatoria, pero prefieren ser precavidos y no exponer a las personas al virus.

Desde que salió de la casa, el teléfono sonó cada cinco minutos para preguntar si el producto que llevaba era el correcto y cuando regresó se había confundido en la mitad.

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Desde ese día quedó instaurada toda una rutina de limpieza antes de dormir: lavarse las manos, luego alcohol en gel, gárgaras de Listerine y solución salina en las fosas nasales. Al despertar, lo mismo.

El tener a la familia en casa trajo sus ventajas. Desde el primer día la comida fue literalmente de mamá, incluso hizo un pastel de postre. Por otro lado, el cierre de las empresas trajo un ambiente de preocupación por el porvenir económico. Papá ha desempolvado su caja de herramientas y se ha puesto a trabajar en algunas reparaciones.

A pesar de los sucesos, “agradecen” que el fallecimiento de la abuela haya sido antes de toda esta crisis. Como buenos creyentes, tratan de ver lo positivo en cada suceso, “lo bueno que es Dios”. Como es la costumbre, hacen una novena de Misas, pero no pueden ir a una iglesia por la suspensión decretada por el presidente. Sintonizan a diario la eucaristía en el televisor, a las 11 o a las 6:15, de acuerdo con los planes.

Además, no olvidan rezar el Rosario durante los nueve días a las siete de la noche y, eventualmente, algún familiar decide unirse por medio de una llamada telefónica.

Después de diez días de encierro cada miembro de la familia ha encontrado su rutina diaria. No es tan difícil “soportarse” porque solo son tres. Lo que sí es seguro es que se juntan en la mesa los tres tiempos de comida e intentan ver una serie de televisión en la noche.

Son las cuatro de la tarde, cada quien está en una habitación diferente. No se oye más que el golpeteo de los dedos en los teclados y la sirena de la patrulla que pasa por la calle para anunciar el comienzo de otro día con toque de queda.

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